24
Sep
08

Cómo sacarse el chaleco…

Podría haberme callado, podría haberme “inventado” una pequeña historia de ciencia ficción, nadie se habría dado cuenta, su verdadero autor seguramente yace sepultado en el olvido. Pero no, voy a ser sincero, la idea no es mía, lamentablemente tampoco puedo dar su nombre, éste también yace sepultado en olvido, en este caso, en el mío.

De aquello hace ya mucho tiempo, tanto que todavía era en la época en que algún incauto se atrevía a prestarme un libro (dicho sea de paso, sólo hay una cosa más estúpida que prestar un libro, y es devolverlo). Era un pequeño volumen en edición de bolsillo de relatos cortos de ciencia ficción, entendámonos, puro “pulp”, uno no le ha hecho ascos a nada. Perdí la pista del librito de marras hace ya siglos, quizá algún día aparezca en algún armario, junto a montones de papeles y objetos inútiles, y ni qué decir tiene que ya no recuerdo nada de él, excepto uno de los relatos, que aunque de forma parcial, se me ha fijado en la memoria:

Un grupo de científicos americanos (de lo cual deduzco que el autor era estadounidense), había logrado poner a punto una máquina-dispositivo-artefacto, merced al cual era posible desplegar el espacio en cuantas dimensiones fuera menester. La máquina debía de ser una cápsula tipo “La Mosca” o algo parecido. Ajustando convenientemente los controles, el individuo introducido en ella, era capaz de saltar del romo espacio tridimensional en el cual vivimos a espacios de dimensión mayor. El incauto conejillo de indias permanecía en el mismo lugar, pero dentro de un espacio de dimensión cuatro, cinco, ocho, o cualquiera. Los científicos habían observado un curioso fenómeno: acostumbrados a vivir en un espacio de dimensión tres, el salto a espacios de dimensión mayor provocaba, en los que habían realizado la prueba, una especie de vértigo y un pánico insuperable que impedía que permanecieran apenas unos pocos segundos en dicho estado, algunos lograban permanecer algo más tiempo, pero el resultado siempre era el mismo: gritos, pataleos, pánico, y graves secuelas psicológicas en todos ellos. El fenómeno había sido bautizado como “n-fear” (miedo n dimensional). A uno de los científicos del proyecto, un francés, la palabra n-fear le sonaba igual que la palabra francesa “enfer” (infierno), de manera que se comparó el terror que provocaba la visión con el terror que provoca una visión del infierno, en realidad se había encontrado una puerta al infierno.

Hasta aquí lo que recuerdo del relato. Absurdo, lo sé, no tiene ni pies ni cabeza, y aunque falta el final, es fácil imaginarse al autor escribiendo en grave estado de intoxicación etílica o psicotrópica. O quizá en un estado alucinado, en la soledad de un hotel abracadabrante, como en el que John Turturro en “Barton Fink” intentaba escribir lo que fuera, trasmutando el pánico que produce la hoja en blanco en el pánico disparatado de un relato absurdo. Pero sí, reconozco que es atrayente la idea de considerar al infierno como un espacio de dimensión mayor, un lugar próximo, ni si quiera hay que seguir a Virgilio enrollado en una sábana por círculos y círculos. No hay que moverse del sitio, tan sólo hay que desplegar una dimensión más, o dos, para verse abocado a visiones que ni el propio Virgilio sería capaz de describir a un Dante asustado. Hay algo de razón en todo ello, los espacios de dimensión mayor que tres son como poco, curiosos, y extraños. Hay fenómenos que producen asombro: en un simple hipercubo de arista uno (un milímetro, pongamos por caso) sería posible encajar cualquier volumen tridimensional que deseáramos, basta con elegir un número de dimensiones suficientemente elevado, algo imposible con hiperesferas de radio uno. Por no hablar de la posibilidad de “dar la vuelta” a una esfera sin necesidad de hacer cortes ni agujeros, o el considerable aumento de “sólidos platónicos” que ya no serían cinco, si no muchos más en dimensiones superiores, o el atormentante laberinto que puede resultar un poliedro irregular de dimensión mayor que tres…, en fin un mundo realmente extraño, en el que sin duda sería posible sacarse el chaleco sin quitarse la chaqueta (o el saco).

Oigo murmullos, Mefistófeles sólo tiene que dejarse caer, le basta un escorzo (¿tetra, penta?) dimensional para aparecer, debe de estar aquí al lado, simplemente no le puedo ver, yo, un vulgar ser tridimensional. Soy fácil, no pido nada del otro mundo: ser más inteligente, más atractivo, tener más dinero (el orden no me importa), puede hacerme una oferta cuando quiera, y ni qué decir tiene que cumplo los compromisos. Nada que ver con esos Faustos atormentados que se arrepienten justo en el último momento y se lamentan de lo que han hecho. Si se me permite elegir interfaz con el Averno, advierto que no me gustan los Mefistófeles románticos a lo Goethe, ni isabelinos a lo Marlowe, es bueno reivindicar los mitos patrios, así que prefiero algo así como al Diablo Cojuelo. Todo está en acostumbrase, seguro que no puede ser tan malo un espacio de dimensión ¿cinco? ¿Ocho? ¿O quizá sea de dimensión 196.883, lugar donde habita el “monstruo”, el último de los grupos finitos esporádicos?

Sigo dándole forma al mi golem, a veces parece que cobra vida propia amenazando mi cordura, otras no es más un montón de barro. No escribo en un hotel donde el papel de las paredes se despega, ni mi vecino es un psicópata… pero hay días que es como si lo pareciera.


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