17
Sep
08

Relojes

Me detengo en absurdos juegos de lenguaje entorno al tiempo, al que sigo persiguiendo para encontrarme con mi propia espalda en una pirueta topológica, con mi propio doble.

La verdadera paradoja del tiempo es hablar de él abusando de las autorreferencias.

La idea de sucesor, de siguiente; podríamos definir al tiempo como una relación de orden entre instantes en principio indistinguibles. ¿Estamos utilizando con esto una imagen espacial, o incurrimos de nuevo en una autorreferencia al definir el tiempo? Pero la idea de sucesor no es compatible con la imagen de una magnitud continua, aunque sí la de orden. Entre un instante y otro no existe un “tiempo vacío”, ¿o sí? Y en la percepción, ¿experimentamos el tiempo como una magnitud continua o discreta? Zenon, explotó esta incompatibilidad ad nauseam en sus paradojas: tiempo finito, espacio infinitamente divisible. Pero, ¿por qué debería haber un tiempo subjetivo y un tiempo objetivo?

Relojes. Los grandes escamoteadores. Es tentador definir el tiempo como aquello que miden los relojes, identificar tiempo y reloj. La cuestión está en saber exactamente qué es un reloj, entendámonos, no el objeto físico sino aquello que es capaz de medir la magnitud temporal, de capturar en cifras o en cualidad distinguible el paso del tiempo (otra nueva autorreferencia, paso del tiempo, ¿en relación a qué pasa el tiempo?). “El tiempo es lo que miden los relojes, ahora definiremos qué es un reloj”, recuerdo esta frase en la primera clase de Relatividad General hace algunos años.

Lo cierto es que no cuesta trabajo definir de manera precisa y geométrica un reloj: es una línea temporal en el espacio-tiempo más una unidad de medida. Hemos trasmutado el tiempo en espacio, ¿y no es eso lo que sucede cuando medimos el tiempo? ¿Medir el tiempo no consiste pues en geometrizarlo? El tiempo es lo que miden los relojes, y los relojes miden el tiempo, algo queda fuera, el reloj parece escamotear al tiempo…, a pesar de medirlo (o precisamente por ello).

Tiempo como cambio, como devenir. Es esto lo que mide un reloj. Un tiempo medible es un tiempo de cambio, de movimiento. Vemos el devenir en el movimiento implacable del segundero, o el esa vibración subatómica responsable del preciso funcionamiento de un reloj atómico. Un reloj mide un cambio, aunque sea el cambio de posición en la línea temporal de un observador, su tiempo propio. Todo parece resuelto, definido, mesurable. Pero algo parece quedar fuera, algo parece mostrarse en ese devenir, algo que no es medido y sin embrago está presente. Ese tiempo de nuevo ajeno al cambio, ese tiempo de los eleáticos, el tiempo ígneo de Heráclito, ese vaciado inamovible, esa duración ajena a toda medida cuantitativa. Una presencia invariable. Los relojes callan, y algo permanece.

Esa presencia del tiempo parece refractaria al reloj, los relojes se paran, los observadores desaparecen y el tiempo pasa, ¿o no? En Relatividad sólo se habla de tiempo propio, de observadores que consultan sus relojes y miden tiempos distintos para los mismos sucesos, es la relatividad del tiempo, parece como si el Tiempo hubiera sido desterrado. Sin embargo todo transcurre en el continuo espacio-tiempo, sigue existiendo un vaciado que todavía huele a tiempo, aunque sea un olor a cadáver. Si la Teoría de la Relatividad (TR) es una descripción realista y objetiva el Tiempo todavía tiene alguna presencia, aunque no sea ya ningún Tiempo absoluto y medible, es como una pasta indefinida, algo que se filtra en la misma geometría, un fantasma despojado ya de toda determinación.


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